Asís y la bofetada en Italia

Asis Italia

Mi esposo quería ir a Asís en Italia y yo arrastraba un poco los pies. Cuando planifiqué el viaje a Italia y buscaba qué ver allí, no había mucho que me interesara. Comencé a hacer las paces con la idea cuando J. me contó sobre su afinidad con San Francisco.

—Descubrí a Francisco en la escuela superior. Es amante de la naturaleza y de los animales como yo. Leí la historia del lobo de Gubbio; que él pudo amansar.

Hablamos mucho del santo mientras íbamos de camino a Asís en la parte central de Italia. Recordé que yo también lo había estudiado en la clase de Religión y me pareció un tipo con los pies en la tierra.

La gente hablaba en un tono bajo como si las calles fueran un bebé durmiendo y no quisieran despertar.

Llegamos a Asís en la región de Umbria en Italia y caminamos hacia la Basílica. Le pasamos por el lado a un hombre con muletas y a una señora en silla de ruedas. También nos topamos con una excursión: unos con bastón, otros con el oxígeno a cuestas, otros se apoyaban mutuamente caminar mejor. La gente hablaba en un tono bajo como si las calles fueran un bebé durmiendo y no quisieran despertar.

Varios monjes vestidos de marrón bajaban la cuesta con sandalias de cuero, un cinturón en forma de cuerda, la capucha que le cubría los hombros y como si mi esposo hubiese visto a su gran amigo de frente comentó:

—Francisco me parecía terrenal, despegado. En la rigidez de la iglesia era alguien con quien me podía relacionar. Lo sentía cercano.

Escuchar a mi marido hablar del Patrono de los Animales y de los Ecologistas como si fuera un amigo cercano, hacía que me interesara en aquel lugar. No soy de venerar santos, pero siempre pensé que San Francisco era bien cool.

Pensé en la fe que no se puede tocar.

Seguí observando a la gente, algunos peregrinos, quizás. Pensé en la fe que no se puede tocar; esa palabra que tanto escuché en el colegio y que poco entendía. Hasta que llegué a Asís y me la pude imaginar en aquellas personas que a pesar de las muletas, el oxígeno a cuestas y lo difícil que se les hacía moverse, seguían el trayecto hacia la basílica en busca de una fuerza invisible, una sanación ciega o un suspiro de paz. La curiosidad ya se había establecido en mi cerebro.

Llegamos a la cuesta del templo. Frente a nosotros había un paño de grama verde. Bajamos hacia la estructura que también guarda los restos del religioso. En la parte de atrás estaba el pequeño bosque. Afuera se veía la típica estampa de turistas: la foto de lado, de frente y el selfie, ah y que salga el rosetón más bello del mundo. La única diferencia era que las voces se escuchaban como si tuviera puestos auriculares aislantes de sonido.

Puse la otra mejilla para la próxima cachetada.

Al entrar a la Basílica San Francisco –donde había quizás treinta personas– la calma me dio una bofetada. Nos sentamos en los bancos de atrás. Yo miraba las paredes tatuadas con imágenes de colores tierra, brillo ausente y frugal. Puse la otra mejilla para la próxima cachetada: mi esposo miraba hacia la nada y a todo, por la comisura del ojo izquierdo bajaba su fe mojada, le llegó hasta la barba. Escuché la hora del campanario, el eco vibró en mi pecho y las ondas me corrieron por la piel. Mis ojos terminaron imitando a los del gran amigo de Francisco.

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