Guaraguao, limones y revelaciones

Mis expectativas se basaban únicamente en comer divino. Solo eso: una experiencia gastronómica. Sin embargo, lo que viví en la Hacienda Luz de Luna trascendió, no solo mi perspectiva culinaria, sino que fueron siete horas de pura ilustración de lo que realmente significa la vida, y más que nada, ser puertorriqueño.

Calabaza, cidra y Charlie

Éramos cuatro personas. Llegamos hasta Adjuntas poco antes de la una de la tarde.  La Hacienda es muy fácil de encontrar, primero porque está localizada en la misma carretera 135 y además porque el amarillo deslumbrante de la casa principal la hacen inconfundible.  Pasamos la casona y encontramos el estacionamiento más adelante.

Las enredaderas de calabaza y la planta de cidra, que bordeaban el camino de entrada, se convirtieron en un signo de que, en efecto,  la experiencia gastronómica sería más que satisfactoria.  Al llegar a la enorme terraza con techo de madera y zinc nos recibió Luis, quien muy cordialmente nos dejó saber que se estaban preparando.  Allí esperaban otras parejas, una de ellas llevó a Charlie, su Golden retriever.  El perro fue la primera señal de que nuestro tiempo en ese lugar abarcaría mucho más que cocina.

Viejo San Juan, Adjuntas y vida

Luis nos invitó a que pasáramos por la otra terraza, la de la casa principal.  De camino nos recibió el dueño de la Hacienda, don Edric Vivoni, precedido por su gran entusiasmo.  Otra señal: el dueño estaba acompañado por Blanco, un labrador negro.

Cómodos en la terraza, junto a los demás asistentes (el Golden retriever incluido porque a Blanco lo guardaron) conversamos con don Vivoni. Éramos alrededor de una docena en ese momento, las demás personas llegaron un poco más tarde.  Con gran elocuencia y familiaridad, el anfitrión comenzó la oratoria transformadora. Más que una señal, en ese instante me di cuenta de que el momento trascendería.  No les voy a explicar en detalle lo que escuché, porque sería como contarle una película que no han visto.  Pero a vuelo de pájaro les puedo decir que su discurso trataba de la importancia de la cena familiar: sin celulares, ni tabletas, ni televisor.  Nos contó, como si le estuviera hablando a su mejor amigo, de su familia, de cómo comenzó la idea del concepto de gastronomía, de la cosecha de la finca y del pescado fresco.  Entre sorbos de sangría y bocados de ceviche este caballero de barba blanca y mirada profunda continuó la crónica: siete hijos, siete años, Viejo San Juan y Adjuntas. Escuchar a este maestro de la retórica filosofar sobre la historia vivida era como estar en un concierto de Serrat o de Pablo Milanés.

Anón, gallinas y Charlie de nuevo

El recorrido por la finca era el próximo paso antes de pasar a la terraza del comedor.  Entre el ilán ilán, la carambola y el anón, don Vivoni nos mostró una Madre Tierra henchida. Los árboles de cacao y jobo de la India nos adelantaron algunas pistas de lo que podría incluir el menú de la tarde.  Charlie, muy atento a su entorno, nos seguía; su amo lo llevaba amarrado para que no saliera corriendo a jugar con las gallinas y los pollos.

Un saco de chinas, un domingo y un amigo

Un canario del país en el árbol capulín marcó el territorio con su canto.  Don Vivoni nos contó que al capulín también se le llama el árbol que ronca porque cuando la fruta está madura atrae, no solo al canario del país sino, a un grillo que hace un sonido muy peculiar.  Continuamos la travesía por la finca divisando plátanos, cidras y los gigantescos limones. Completado el recorrido nos detuvimos frente al árbol del columpio donde nuestro guía nos contó la historia de aquel jabonero de la China; un relato que vale la pena escuchar de la boca de don Vivoni.  Solo les voy a decir que el cuento tiene que ver con una amistad que duró más de dieciséis años, muchos sacos de china y desayuno los domingos a las seis y treinta de la madrugada.

Aperitivo, cena y postre

Ya en el comedor de la terraza, adornado con un mural de madera que es todo un enigma, conocimos a Ventura Vivoni. Luego de la presentación al estilo único de su padre, el chef nos habló de cómo se hace patria con la comida.  El menú, lo tienen que probar, siempre es diferente según la cosecha. Lo que les puedo adelantar es que la mayoría de los productos de la carta eran de la finca.  La calabaza estaba presente en la sopa, además de yuca y hojas de cilantro. Uno de los ingredientes del plato de aperitivo era cidra.  De los platos principales, uno era con malanga y apio, el otro con yuca. De este segundo plato principal el chef nos reveló un secreto de la cebolla.  El primer postre era con cacao y mermelada de jobo, entre otros. El último postre tenía limón y apio, sí, apio.  Luego, el chef nos confesó por qué usó esta raíz en un postre.  Sabrosa inventiva.  Entre plato y plato, Ventura salía a presentar las delicias que íbamos a probar.  Al igual que su padre, el hijo nos habló con la misma familiaridad que solo demuestran los grandes amigos.  Entre el plato de bacalao y el de cordero, escuchamos una pequeña revuelta. Era el noble Charlie, que se había zafado de la correa y corría en busca de las gallinas.

Arrimaos’, quincalleros y almud

Después de cenar, otra conversada con don Vivoni en la terraza de la casa principal; esta vez acompañada de café.  Allí nos recordó la historia de la industria cafetalera en la isla, los arrimaos’ y los corsos españoles.  Este viaje en el tiempo nos llevó hasta los quincalleros, las monedas en latón y el almud.  También nos reveló su hipótesis del por qué actualmente en Puerto Rico no se produce tanto café como para la época del 1950.

Boleto de ida, integridad y futuro

Mientras las cícadas anunciaron que la noche se acercaba, Vivoni nos contó el secreto de La búsqueda del espíritu del guaraguao; sobre ese abogado que vivía en el Viejo San Juan pero quería ser del campo, por eso se mudó a Adjuntas.  Este hombre continuó su profunda reflexión hasta conectar su historia con la de cualquier otro puertorriqueño. El futuro de Puerto Rico. El presente de nuestra isla.  La importancia de la integridad y la excelencia.  Reinventar nuestro país.  Cómo no comprar un boleto de ida.

Con la misma fuerza de expresión que nos habló al principio, Vivoni finalizó su discurso con la revelación de lo que él entiende es la solución para el país.  Pero el secreto del éxito lo tienen que escuchar ustedes mismos, no es lo mismo cuando se cuenta.  Nosotros tuvimos el privilegio de que, el patriarca de esta familia, lo compartiera con quienes asistimos a esta experiencia de sabores, introspección y naturaleza.  Hasta Charlie se divirtió jugando un rato con las gallinas.  Espero regresar y, cuando lo haga, probar el agua de manantial. Otro secreto a descubrir…


Practicas de turismo consciente:

1.   Conectar con la gente.

2.   Fomentar la economía local.

3.   Reflexionar sobre nuestro entorno.

4.   Contacto íntimo con la naturaleza.

5.   Aprender sobre la flora y fauna.

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