La ria de Urdaibai revela su intimidad

Llegué a la playa Laida de Mundaka cuando la ría estaba un poco descubierta mostrándome al niño, con pala en mano, hurgando la arena; espaldas bronceándose sobre toallas de rayas azules; y piernas entrando al mar.

Poco a poco se fue vistiendo con agua. La marea alejó al niño con su pala, los cuerpos recogieron las toallas y las piernas caminaron fuera de la playa. Pensé que me había mostrado suficiente, sin embargo, poco después, la ría se reveló de otra manera.

La ola izquierda

El fenómeno de las mareas de esta región costera, al norte de España, no fue lo único que me sedujo. Mundaka, el pueblo donde se ubica el puerto que permite acceso a la ría, es famoso por la ola izquierda y también tiene un poco de Hemingway. La isla Izaro, en las aguas del Cantábrico, está plagada de leyendas y el paseo en barco por la ria Urdaibai deslumbra con sus paisajes coquetos.

Luego de pasear un poco por este pueblo de surfers caminé hasta muelle; que ya se presentaba muy vivo esa tarde de verano. El olor a salitre había aumentado, al igual que el nivel del mar.  Algunos jóvenes saltaban al agua, otros, se habían movido de la playa al andén para aprovechar un poco más de sol.

Iñaki y Doro

Un bote con techo de lona se acercó a donde yo esperaba, vi en la proa a un hombre con una camisa marinera de rayas. Se bajó del muelle y amarró la embarcación. El marino saludó en euskera:

¡Kaixo! Me llamo Doro y él es Iñaki —me dijo señalando al capitán; quien ataba el extremo de la popa al andén.

Subí al bote luego de saludarlos y zarpamos hacia la ría. Lo que me contó Doro, lo que dijo Iñaki y lo que absorbí en el trayecto, me ayudaron a descubrir un poco de aquella región seductora que el mar Cantábrico acaricia.

Doro (Doroteo) cantó en euskera, acompañado de la guitarra, la melodía de la última ballena del cantábrico. También entonó Aldapeko (Alpapeko sagarraren, adarraren puntan, puntaren puntan, txoria zegoen kantari). Esta famosa copla, que trata sobre un pájaro en la rama del manzano, la interpretó Madonna en un concierto, junto al grupo vasco Kalakan, entre otros artistas; ya que es una canción popular vasca.

Reserva de la Biosfera

Otras veces Doro contaba, esta vez con el sonido del viento haciéndole eco, sobre las munas que están desapareciendo y la riqueza natural de la ría; que pertenece a la Reserva de la Biosfera. Yo escuchaba extasiada, a la vez que admiraba los árboles de encina y de madroño que se veían desde el barco. Mirando al horizonte, noté unos tubos altísimos con lo que parecía una canasta sobre el tope. Al no tener una idea clara de lo que era pregunté a Doro, quien explicó que eran nidos de cigüeña; del programa de recuperación de esta ave.  Además de la belleza de la flora y fauna del lugar, el paisaje parecía como si estuviera tallado. Adornadas de un verde profundo en el fondo, antiguas edificaciones sobresalían de la espesura natural; eran las ruinas de un molino antiguo que funcionaba con la marea y el Castillo de Arteaga.

De vez en cuando Iñaki y Doro hablaban entre ellos en euskera. Lo que dio pie a que me contaran en castellano sobre cómo este idioma estuvo prohibido durante la época de Franco. El barco hizo su entrada por el canal de Guernica y conversamos más sobre la historia del País Vasco: la Guerra Civil Española, la Legión Cóndor, el bombardeo y la obra de Picasso. En otros temas Doro mencionó, mientras señalaba a unas personas caminando por la orilla del canal:

—Esta es la ruta del colesterol —dijo, haciendo una referencia jocosa al tramo que se había desarrollado en el área para hacer ejercicios.

Iñaki interrumpió la conversación para notar el viento, la marea y la hora de regreso. Yo pensé en la ría descubierta cuando llegué a la playa Laida. No era buena idea esperar mucho tiempo más, había que volver.

Leyendas de una isla

Al retorno, todavía la marea estaba lo suficientemente alta para navegar. Durante el trayecto de vuelta, Doro habló de las leyendas de la isla de Izaro. Una de ellas cuenta sobre la meretriz que impidió un ataque de los piratas de Sir Francis Drake a Bermeo, mientras estaban en la isla. Además, se decía que el monasterio del islote era un hospital de los frailes franciscanos para leprosos. Según la leyenda, uno de esos monjes que vivía en la isla, tenía una amante en Mundaka, a quien visitaba todas las noches. El hombre, guiado por la luz que ella encendía, nadaba desde la isla hasta la costa.  La historia terminó tan trágica como la de Romeo y Julieta; el religioso murió ahogado y ella se suicidó.

Al divisar la distancia de la isla Izaro del puerto de Mundaka, imaginé al fraile nadando aquel trecho, seducido por la marea. Doró hizo que regresara a la realidad:

—Allí frecuentaba Hemingway con sus amigos —me dijo mientras señalaba el restaurante El Casino, justo al lado del muelle.

Cambié la vista para ver el edificio blanco de dos pisos que el guía de la excursión indicaba. Doro también me contó que el gobierno del País Vasco promociona el destino Euskadi resaltando los lugares donde estuvo el escritor estadounidense; tales como Donostia, Gasteiz, Bilbao y Mundaka.

Tras las huellas de Hemingway

Luego de despedirme de Doro y de Iñaki, bajé de la embarcación para ir a cenar a El Casino. El restaurante está localizado en un segundo piso con vista hacia la bahía de Vizcaya.  De las paredes cuelgan los recuerdos del paso del célebre escritor por el lugar. Salí de allí con deseos de leer The Sun Also Rises y The Dangerous Summer, obras de Hemingway que se relacionan, de algún modo, con sus visitas al País Vasco.

Terminado el recorrido en Mundaka y por la ría de Urdaibai regresé a buscar el auto. Al pasar nuevamente por la playa Leida, la observé desvestida, mostrándome sus contornos hacia la otra orilla. Esa tarde de verano, descubrí a la ria de Urdaibai totalmente desnuda. ¡Agur!

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