Un sorbo de Llanes

Este es un relato breve de Pamy Rojas, a su paso por Llanes, Asturias.

¿Cómo se logra solamente un sorbo de esta Villa Marinera? De qué manera se podría estar allí solo por un día. La decisión era sumamente difícil, más cuando hay arte en cubos y calles; salitre en el puerto y en las playas; verdor en la costa y en la sierra; historia en el casco antiguo, en las estructuras indianas y en el camino.

Estar era la única opción. No había agenda, tampoco podía seguir el listado de lugares para visitar. Era necesario solamente caminar, sin medir los pasos, sin mirar el reloj, para descubrir un culín de este mundo al norte de Asturias.

Sobre un acantilado y de cara al Cantábrico, el Paseo San Pedro. En uno de los bancos me siento y observo las olas y el césped a escasos pasos. El panorama de un domingo, los lugareños: parejas tomados de la mano, familias con niños pequeños correteando y perros que sacaban a sus amos a pasear un poco. Al mirar hacia abajo observé, en la orilla de El Sablón, un juego de balompié de playa y el sol bronceando los cuerpos sobre las toallas.

En el horizonte se ve una estructura de cemento que contrasta con el mar y los botes anclados en el puerto. Caminé hacia Los cubos de la memoria para ver de cerca esta obra de Agustín Ibarrola. Con el agua como museo y el salitre a modo de enmarcado, esta pieza de arte une y, a la vez, rompe el paisaje marinero del puerto. Los bloques de hormigón pintados de colores son en sí solos un trabajo de arte. Sin embargo, las olas, los barcos, las gaviotas y hasta el viento complementan el paisaje artístico que será muy difícil de olvidar. Allí nuevamente me detuve, esta vez para tratar de descifrar el mensaje de las aristas, los colores y la superficie, cuando la ola viene y va.

Al atravesar el puerto, una vez llamado Muelle de la Osa, se puede continuar hacia el casco antiguo. Ni una colilla de cigarrillo, ni un solo papel en el suelo, solo un poema bajo mis pies: «Bendita sea la sidra, pues que a la gaita dota de vibraciones celtas y da al cantor la nota» Para hacerle honor al extracto del poema de Celso Amieva, impreso en las calles empedradas, entré a un restaurante. El mesero levantó el brazo muy gayasperu y, con la elegancia de un torero, escanció la sidra en el vaso. Imaginé el poco líquido que derramó, bajando por los ladrillos, hasta encontrar a la otra sidra; la que estaba escrita en la placa de bronce. Una vez tuve el vaso en mis manos, me tomé el culín de un solo sorbo; antes de cometer un sacrilegio.

A paso lento continué por las calles estrechas, observando las conchas que marcaban el Camino de Santiago. El sabor medieval se absorbe inmediatamente al ver el Torreón y las murallas. Al pasar por la Basílica de Santa María me imaginé el olor a incienso saliendo por la ventana geminada.

Entonces, había que seguir el rumbo. Asimilar lo captado, guardarlo entre la piel y los huesos, para nunca olvidar cada sorbo de ese mundo que se llama Llanes. Pero es necesario un pronto regreso.

Fuente: Un sorbo de Llanes – Viaja el mundo

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